Vivir el ramadán cuando no eres musulmán

26/07/2014 (11:47)

Marta Miera

Rabat, 26 jul.- Los no musulmanes que viven el ramadán en Marruecos están obligados a cambiar sus hábitos diarios y mientras unos se adaptan, experimentan y disfrutan de las peculiaridades de este mes, otros prefieren marcharse del país.

Durante este mes sagrado, que dura entre 29 y 30 días, el musulmán no puede comer, beber, fumar o mantener relaciones sexuales desde el alba hasta el ocaso, y la prohibición religiosa suele ir acompañada de sanciones legales.

Por respeto, pero también para evitar situaciones desagradables, los no musulmanes acatan estas reglas en los espacios públicos.

Tampoco es fácil comer en un restaurante al mediodía. En Rabat muchos cierran aunque algunos, que se cuentan con los dedos de una mano, están disponibles para los occidentales.

A diferencia de los hoteles, donde normalmente sirven alcohol, son pocos los restaurantes que lo ofrecen, y en la capital algunos propietarios colocan una cortina para separar los espacios entre los musulmanes y los no musulmanes.

“Los hacemos por discreción. Estamos en una calle con viviendas en frente y queremos evitar que los vecinos hablen”, explica Nicola Caddeo, dueño de un restaurante italiano donde ha llegado a cubrir con un poster el frigorífico en el que habitualmente están expuestas al público las bebidas.

El documento de identidad es preferible llevarlo en el bolsillo, ya que en ocasiones cuando un cliente quiere comer al mediodía o consumir alcohol, los camareros se lo exigen para cerciorarse de que no es musulmán.

Caddeo cuenta que es la propia Policía la que llama un día antes de la fecha en la que entra en vigor la interdicción de beber alcohol para avisar a los dueños de que dejen de servirlo a los marroquíes. De no cumplir la ley, se arriesgan a perder su licencia.

“La Policía te indica cómo tienes que fijarte en los nombres de las personas en el documento de identidad, pero no tienes derecho a preguntar por la religión”, subraya Caddeo, quien dice que a pesar de no ser rentable abrir ha decidido hacerlo porque “hay que seguir pagando las facturas y el alquiler”.

En Marruecos la venta de alcohol a musulmanes está prohibida por ley, pero la ley es laxa, y fuera de las fiestas religiosas en los establecimientos con licencia se sirve sin problemas y ciertos supermercados también lo comercializan.

Sin embargo, hay muchos extranjeros que optan por amoldarse en la medida de lo posible a los cambios de este mes y unirse, por ejemplo, al “iftar”, la ruptura del ayuno, bien sea para acompañar a los marroquíes o simplemente para disfrutar del ambiente familiar y de la comida: dátiles, huevo duro, la tradicional harira (sopa) y la chebakiya (dulce de masa frita con miel).

“Es uno de los momentos más bonitos. Sentarte con tus amigos y compartir el ayuno”, afirma una profesora española que lleva seis años viviendo en Marruecos, mientras que otra extranjera sentencia que lo que peor lleva es que “por el hecho de ser mujer te tienes que cubrir más”.

Y es que en ramadán, las mujeres occidentales se enfrentan a la complicación suplementaria de cuidar su vestimenta. Una falda o un escote fuera de lo que se considera “correcto” puede molestar durante este mes en el que las tentaciones no deben estar expuestas.

Porque aparte de ayunar, que es uno de los cinco pilares del Islam, el ramadán tiene que ver con el autodominio de las pasiones, y por eso no son muchos los que se acercan a la playa donde los extranjeros campan a sus anchas sin aglomeraciones.

Pero probablemente lo que más agradecen los no musulmanes que viven en Marruecos es el ambiente festivo y jovial que se encuentran tras la ruptura del ayuno, cuando por la noche familias, parejas y amigos salen a la calle, llenan las terrazas, pasean por la medina y realizan sus compras en tiendas y supermercados.

En Rabat, una ciudad administrativa donde el resto del año por las noches no hay un alma en la calle, el movimiento de gente en ramadán supone una verdadera válvula de aire. EFE

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